El peor año de mi vida

Hay veces que sólo quieres que el año termine, que pase tan rápido como sea posible, aunque eso signifique que pierdas 365 días de tu vida, pues no quieres hacer nada, así me sucedió en 2017, el que considero el peor año de mi vida, y eso que apenas tengo 25 años. Quizá sea la joven con peor suerte en el mundo y hoy quiero compartirles mi historia, por si te sientes igual.

Todo empezó a finales de enero del año pasado, cuando me empezaron a dar unos terribles dolores en la zona lumbar de la espalda, por lo que decidí ir al médico, quien tenía la idea de que era una infección en vías urinarias, así que me recetó algunos medicamentos para contrarrestar los malestares, pero estos seguían, las medicinas no estaban haciendo efecto. Así que regresé al hospital y le expliqué que todo seguía igual, incluso hasta peor, pues cuando no me tomaba las pastillas harta de que no tuvieran efecto, el dolor se incrementaba. Me dijo que debía hacerme unos estudios de laboratorio, los cuales revelarían el inicio de mi tormento. Resulta que sí tenía una infección en los riñones, pero ahí también se reveló que tenía piedras en la vesícula, por lo que tenía que someterme a una cirugía. La operación fue un éxito, aunque un poco dolorosa la recuperación. Pero logré salir adelante y debí continuar con un tratamiento especial, ya que mi riñón derecho había sufrido algunos daños, por lo que tardé un poco más de lo normal antes de estar de nueva cuenta al cien por ciento.

Después de unos tres meses ya estaba casi como nueva, de repente me daban punzadas en la herida, pero nada que no pudiera soportar, así que continué con mi vida cotidiana. Entre el trabajo y la familia, los días se me pasaban como agua, al grado de ya no revisarme con frecuencia en el médico, una mala decisión. Un día mientras descansaba en casa, un terrible dolor de estómago provocó que me doblara y posteriormente que cayera al suelo. Mis padres me ayudaron y me llevaron de nueva cuenta al hospital, con el mismo doctor. El médico me palpó la zona que me dolía y vi que hizo una cara como de asustado, pero en esta ocasión no quiso apresurarse en el diagnóstico y me mandó a realizarme unos rayos x. Al final confirmó que tenía un tumor en el útero y debían extirparlo. A mediados de junio fui operada por segunda vez en el mismo año para que me extirparan el tumor, que era del tamaño de mi puño, quizá un poco más grande. La recuperación fue doblemente dolorosa a comparación de la cirugía de vesícula. Tardé todo lo que restó del año para recuperarme y volver a la normalidad. La única buena noticia fue que el tumor era benigno, así que no había riesgo de cáncer.

Pero ese infierno no se lo deseo a nadie, fueron los peores 365 días de mi vida, lo cuales sólo deseo olvidar. Ahora, ante cualquier dolor me asusto y en seguida voy al médico lo más rápido que puedo, creo que me estoy volviendo un poco hipocondríaca, pero lo prefiero así que volver a pasar un año como el del 2017.

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